Este autor abraza un credo creativo vigente en la actualidad, en cuyo epicentro se halla la materia pictórica, y del cual Pedrosa ha cambiado más la forma que el fondo. Y es precisamente en éste, el fondo de los cuadros agrupados en su ideario, espacio-superficie-volumen ambivalente que va poco a poco cobrando presencia, no ya por ser el lugar o la ausencia del mismo, sino por hallarse en él la auténtica configuración de la pintura. Procedencia y destino a un tiempo de las anti-formas que alberga, entre ambos esa senda obligada que reúne principios diametralmente opuestos, laxitud e ímpetu, estatismo y movimiento, objetivación y subjetivismo, orden y azar...
Avanza el cuadro y se detiene sutilmente ante la pertinaz nebulosa de una atmósfera cargada, los colores evanescentes pierden su brillo para resurgir de nuevo condensados en bloques alineados, como estacas hirientes en el centro mismo del vacío, la luz. Pedrosa parece haber asimilado los pormenores de un expresionismo abstracto trasnochado, que el artista revitaliza rompiendo inteligentemente las ataduras del pasado, para extraer de la vieja escuela ciertos signos convertidos hoy en universales, entre los que figuran la expresión como sensación plástica concreta, la vitalidad de la pintura misma, o la destrucción de la imagen y sus asociaciones simbólicas.
Aunque esa necesidad interior derramada en manchas, holladuras, granulados y oleosidades son fruto de veleidades antojadizas, nacidas de un estado íntimo con frecuencia indescriptible, lo cierto es que Pedrosa traza una especie de línea imaginaria entre lógica e inconstancia quizá visible, entre la belleza mística de armonías cromáticas que permanecen organizando espacios, y los desvaídos, fugaces gestos atonales surgiendo entre geometrías asimétricas como espectros o sombras aleatorias sobre el muro. El lienzo-pared recoge mudo las luces reflectantes, las huellas inconclusas de una caligrafía automática, los ecos lejanos de un paisaje inexistente cerrado y perfecto, destruido ahora y ahogado en la materia plástica ( betún, aceite, pigmento, látex... )
que se expande sin límites. En otras palabras, Guillermo Pedrosa vuelve a cuestionar los prolegómenos de la pintura, de esa idea previa que desde el reduccionismo sistemático formula el arte teorizándolo, proponiendo la supervivencia del ser individual, de ese yo viviente y agonizante en cada proceso de creación.
Amalia Garcia Rubí (el Punto de las arte)